EDITORIAL
ENRIQUE IRAZOQUI
vie 12 ene 2018, 4:13am 4 de 7

Grutas del Rosario: sueños guajiros


No Hagas Cosas Buenas…
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 "A La chingada a los pastores, se acabó la navidad" versa el adagio popular. A mediados de enero a muchos nos viene estupendo este refrán popular. La pasada época de diciembre a casi todos tensiona. Existe un estereotipo en las sociedades accidentales que la fecha instaurada del nacimiento de Jesucristo, la Navidad, debe ser una celebración especial donde la obligación del regalo al tercero, la propia reunión familiar - que muchas veces resulta forzada por la costumbre, mas que por el ánimo de quien en ella participa- termina por generar una estrés en una inmensa mayoría de la población. Se le puede sumar apenas pasado el 24 y 25 de diciembre, a pocos días se llega la fecha del año nuevo, y es época de recapitular en la nueva oportunidad, y también en los resabios, y en los que ya no están. De nuevo más presión emocional, de nuevo el estrés.

En medio de esas circunstancias como la gran mayoría, quien esto escribe no se sustrae de lo que nuestra cultura impone. Aun así, también en medio de lo particular de estas fechas todo mundo intenta hacer lo mejor para pasarla. Así lo hice también.

Días previos a la Navidad, tuve la fortuna a través de un muy apreciado amigo e importante industrial de Gómez Palacio, asistir a una cordial reunión entre personalidades de La Laguna de Durango mayormente, y otros tantos de Torreón. Laguneros todos al fin.

En esa reunión se congregó una mesa de hasta 4 exalcaldes laguneros (dos de Gómez Palacio y dos de Torreón) y en esos mismo lugares, había dos notarios (de los 4 exalcaldes, dos son ahora fedatarios públicos) completábamos el invite dos miembros de una empresa familiar lechera y creo que otro metiche - mi caso-

En los temas tratados en esa cita, además de los parabienes que se desean en épocas decembrinas, se habló del asunto de la importancia de establecer el carácter lagunero, sin ignorar que existe una división política natural entre estados y municipios, pero se hacía énfasis en la identidad lagunera.

En esos avatares, salía el tema que con positivismo, en La Laguna también se puede hacer turismo: está el Cerro de las Noas (con todo y su controversial teleférico - ese que ha estado a reventar desde su inauguración, quizá porque el gobierno lo puso gratis unos días- ) las Dunas de Bilbao, el Puente de Ojuela, la presa Francisco Zarco - conocida como Las Tórtolas- y los propios parajes que nos brinda el Padre Nazas aguas debajo de la presa reguladora Zarco, siendo el Parque Raymundo el más significativo de ellos.

Pero faltaba quizá uno menos conocido: las enigmáticas Grutas del Rosario, situadas en la sierra del mismo situadas en el municipio de Lerdo, pero que su acceso más recomendado es a través de Mapimí.

En la alegre junta de exalcaldes, notarios y prósperos empresarios de la leche lagunera, las Grutas del Rosario surgieron con vehemencia en la plática.

Con esas condiciones, con el estrés postnavideño y previo al 31 de diciembre me decidí a mí mismo, a mi señora y sobre todo mis menores hijos, excursionar en nuestra tierra. Las Grutas del Rosario era el destino.

Lonchera en mano con refrescos incluidos, mi ilusión de llevar a los míos a ese paraje lagunero de Durango y de paso salir del pasmo navideño que a todos presiona.

Descubiertas las famosas grutas en los años sesenta por curiosos mineros, el internet muestra información que son amigablemente visitables, y que la experiencia resultará gratificante.

No lo es tanto, apenas uno toma la desviación luego de pasar Mapimí a la izquierda y hay que pasar un buen tramo de terracería. Antes de llegar a la instalación final cierto es que hay tramos de asfalto bien hecho, pero hasta ahí todo bien. El problema es que los guías asignados, aunque trabajadores, lejos están de ser instructores capacitados. Cuando unos llegan a la estación de la Gruta del Rosario a pagar por entrar, el sitio está muy digno, hay que de ahí, subir una escalita pesada, pero salvable de la mano de un guía que quiere explicar, pero poco le falta para rebuznar, si uno es un turista mediamente exigente.

Adentro de la Gruta es peor. Una escalinata de metal en el primer tramo es lo mejor. Luego los pasadizos de madera desgastada, una iluminación raquítica y parchada; la falta de equipo mínimo de seguridad y una pobre explicación de tan sorprendente lugar llego de estalactitas, estalagmitas y figuras rocosas formadas por la naturaleza por cientos o miles de años, impide que el grueso de los visitantes den cuenta de la maravilla natural con la que cuenta La Laguna.

Así fue mi triste excursión. Con el orgullo lagunero mancillado por encontrar un lugar tan hermoso y sorprendentemente tan descuidado por el gobierno del estado de Durango, además de la melancolía navideña, regresé a mi hogar deseando que los ejemplos como el descuido de las Grutas del Rosario laguneras, al final del 2018, desaparezcan de La Laguna. Quizá sueños guajiros del año nuevo.

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