México: mortalidad materna y pobreza
EDITORIAL
ARNOLDO KRAUS
mar 13 feb 2018, 7:49am 7 de 8

México: mortalidad materna y pobreza


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El embarazo, el parto y el puerperio no son enfermedades, son eventos naturales y, la mayoría de las ocasiones, deseables. A veces, esos eventos, cuando la pobreza es profunda, se transforman en enfermedad y muerte.

La mortalidad materna es tema imperecedero y universal. Atañe a todos: políticos, sistemas de salud, religiosos, epidemiólogos, eticistas, y, por supuesto, a los progenitores. En los países ricos el índice de mortalidad ha disminuido a través del tiempo y es muy bajo: retrata la salud de la nación y de sus pobladores, y la eficacia de los sistemas sanitarios. Lo inverso también es veraz: en los países pobres, las madres sin recursos económicos, abandonadas por el Estado, tienen más probabilidades de vivir un embarazo complicado e incluso de morir. México como ejemplo.

En enero pasado, los medios informativos recogieron datos, por ahora preliminares, provenientes de la Secretaría de Salud: "Cada día mueren dos embarazadas en México. 772 mujeres perdieron la vida durante la gestación al dar a luz el año pasado" (El País, 30 de enero de 2018). La palabra preliminar, en el contexto de nuestra realidad, tiene dos significados: o las estadísticas aguardan verificarse o son inexactas: muchas embarazadas fenecen y las autoridades, o no lo saben, o prefieren ocultarlo y mentir. Aunque no es idóneo trabajar con cifras provenientes de fuentes gubernamentales, en ocasiones no hay otras plataformas viables. Muchos analistas, especialistas en diversos campos -educación, pobreza, vivienda-, desconfían de esos números por razones obvias.

La mayoría de los decesos ocurrieron en estados pobres; Chiapas, Guerrero y Oaxaca ocupan los primeros lugares. La pobreza indígena, amén de ser elemento suficiente para hablar de subregistro de muertes durante la gestación, agrega otros datos ominosos: en 2016 se registraron 395 mil 597 alumbramientos de mujeres entre 9 y 19 años, según datos de la Secretaría de Salud, de los cuales, "buena parte" ocurrieron en zonas indígenas. Amén de las penurias previas, México ocupa el primer lugar en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico de embarazos en adolescentes, pandemónium del cual, por ahora, no es posible escapar; además, las jóvenes adolescentes tienen mayor riesgo de complicaciones y muerte como consecuencia del embarazo.

La mayoría de esas defunciones, las de mujeres pobres, podrían disminuirse. Las causas principales de los decesos son: hemorragias -durante el parto o cesárea-, infecciones, hipertensión -eclampsia-, problemas durante el parto o cesárea y abortos mal ejecutados. Las (sin) razones de las muertes se evitarían si las madres tuviesen un seguimiento adecuado y regular del embarazo (prevención), y si contasen con atención hospitalaria adecuada para tratar las complicaciones.

La mortalidad materna en el Siglo XXI, cuando la población tiene acceso a recursos suficientes, es mínima. Los datos de la Organización Mundial de la Salud son demoledores: el riesgo de muerte materna a lo largo de la vida es de 1/75 en las regiones en desarrollo y 1/7300 en las regiones desarrolladas; otra lectura golpea por igual: 99% de las muertes maternas que se registran en el mundo corresponden a países en desarrollo.

Al lado de la crudeza previa, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía reportó, hace un año, que en 1990 se contabilizaban 88 defunciones por cada mil habitantes, mientras que en la actualidad el número descendió a 34.

Embarazarse en México, para las mujeres pobres, conlleva peligros entre ellos, su muerte, con frecuencia la del bebé, el desamparo cuando hay otros hijos y la ruptura de la familia. En las clases pobres las lacras se reproducen en forma geométrica e imposibilitan un futuro digno. Padres con salarios miserables y con cargas familiares insuperables suele ser el destino tras la muerte de la madre. De acuerdo con la OMS, los niños y niñas que pierden a su madre por causas obstétricas tienen hasta 10 veces más probabilidades de fallecer durante sus primeros años de vida.

Los datos, a pesar de la mejora sostenida por el Inegi, no son aceptables. Creer o no en ellos es cuestión personal. Lo que no es cuestionable es la desigualdad, el rezago social, la falta de educación y la injusticia; su suma es la razón de la elevada mortalidad materna en las clases pobres. La suma permite concluir: las demoniacas muertes de madres embarazadas son responsabilidad del Estado mexicano.

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