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Columnas la Laguna
ARMANDO CAMORRA
mié 12 sep 2018, 8:58am 2 de 2

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES


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Simpliciano era ingenuo y candoroso. Pirulina, en cambio, tenía más historia que “México a través de los siglos”. Cuando el inocente muchacho anunció su propósito de desposarla sus padres se consternaron. “Pero, hijo -habló llena de angustia su mamá-, esa muchacha se ha acostado con todo México”. Preguntó Simpliciano: “¿La ciudad, el estado o el país?”. “Su esposo, señora, la acusa de haberlo engañado. Dice que llegó a su casa y la encontró en brazos de un sujeto al que llamaba ‘papacito’, ‘negro santo’ y ‘cochototas’”. “Al contrario, señor juez. Fue él quien me engañó a mí. Me dijo que iba a llegar a la casa a las 11 de la noche, y llegó a las 9 y media”. Babalucas era empleado de cierta oficina pública. Un extranjero se presentó a hacer un trámite y Babalucas le pidió su nombre. Respondió el visitante: “John O’Brian”. Babalucas se impacientó: “Decídase”. En otra ocasión el mismo Babalucas preguntó en una librería: “¿Tienen algún libro de Hemingway?”. Le informó el encargado: “Tenemos ‘El viejo y el mar’”. Dijo el badulaque: “Deme el mar”. Tetonina se llamaba, y era dueña de dos grandes cualidades que solía realzar vistiendo un suéter ajustado. (Eso me hace recordar a Anatole France. Gustaba de las damas pechugonas, y decía que una mujer sin busto grande es como una cama sin almohadas). Don Algón, el jefe de la bien dotada chica, le preguntó una mañana: “Perdone, señorita Tetonina: su suéter ¿es de lana o de algodón?”. “De lana” -respondió la chica. “Soy alérgico a la lana -declaró el salaz ejecutivo-. Hágame el favor de quitárselo”. Vientos de fronda soplan en la UNAM. Ahí cursé estudios en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales -todavía estaba en Mascarones-, en la Facultad de Derecho y en la de Filosofía y Letras. También en aquel tiempo había porros. Un grupo de ellos, enviados no supimos por quién, hablaron con los que estábamos organizando un homenaje a Vasconcelos con motivo de su muerte, y aduciendo comedidas razones -”Les vamos a partir su madre”- nos disuadieron del intento. La principal característica de los llamados porros es que no tienen voluntad propia. A pesar de su fuerza física y su brutalidad son en verdad títeres, marionetas cuyos hilos mueven fuerzas oscuras, si me es permitido usar esa expresión inédita. Todo indica que lo que está sucediendo en la Universidad es una escalada que tiende a desestabilizarla. La justa protesta de los universitarios por la agresión porrista, y su legítima demanda de seguridad, se han convertido en exigencia por la renuncia del Rector y en un inoportuno movimiento que pide la democratización de la Casa de Estudios. Planteles que habían vuelto a clases se encuentran nuevamente en paro. Los acontecimientos están tomando un rumbo peligroso. Aquellos vientos de fronda se van volviendo tempestad. Quizá estamos en presencia de una de esas agitaciones provocadas por quienes después las desagitan y luego pasan su factura por haber desagitado lo que antes agitaron. O a lo mejor hay quien quiere mostrar su capacidad para mover el agua en vísperas de un cambio de gobierno. Ojalá en esta nueva crisis los universitarios se mantengan unidos, rechacen cualquier forma de provocación y no hagan daño a su propia casa sometiéndola a presiones indebidas. Que hable el espíritu, como propuso Vasconcelos, no la politiquería o la violencia. Y que viva la Universidad. El padre Arsilio estaba resolviendo un crucigrama. “Ayúdeme, madre -le dijo a sor Bette, su ama de llaves-. Cosa propia de la mujer, en cuatro letras. Las tres primeras son -oño”. “Moño” -contestó sin vacilar la reverenda. Le pidió el padre: “¿No tiene un borrador?”. FIN.

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