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El Siglo de Torreón
vie 2 nov 2018, 9:46pm 1 de 1

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El hábito de pedir

Desde que nacemos tenemos el hábito de pedir. Si no se nos da nos enfadamos. No hay más que contemplar a los niños excesivamente mimados. Pero pasan los años y seguimos pidiendo, sobre todo si hay posibilidades de que se nos dé.

De mayores nos pasa lo mismo, si oímos a la moderna clase política ofrecer y ofrecer, ¡que más queremos! seguimos pidiendo, aunque ofrezcan lo que sabemos que no pueden dar.

Una mala política que solo a ellos beneficia, porque lo que no se consigue con el propio esfuerzo nos perjudica. Más vale pájaro en mano que ciento volando.

El trabajo da al hombre independencia y señorío, porque si trabaja no debe nada a los demás y es siempre dueño de sí mismo.

Las subvenciones interesadas, esclavizan, son un timo a la dignidad del hombre. Solo se puede confiar en las leyes cuando están inspiradas en la Justicia y el Derecho, porque se consiguen con la experiencia de siglos de fracasos y sufrimientos.

Si las leyes se hacen por simples mayorías, la sociedad está abocada a daños irreparables. Es como despreciar la experiencia de generaciones que componen el bagaje cultural de los pueblos. Las comunidades deben estar respaldadas por leyes morales, como el “no matarás”.

El Derecho, está destinado a proteger al hombre, a salvar los valores esenciales de la sociedad. El drama surge cuando mayorías parlamentarias imponen sus ideas mediante leyes injustas. Nadie tiene derecho a imponer conductas ajenas.

Los derechos fundamentales del hombre deben ser respetados y firmemente protegidos, como: el respeto a la vida, a la intimidad, al honor, a la fe católica, como a las demás creencias.

El Derecho tiene su fundamento en el bien común, no en particularismos egoístas, o en preferencias ideológicas.

Un ejemplo de las aberraciones que pueden darse es el “infanticidio”, un derecho civil, hoy legal, aunque, en justicia, ilícito, porque ignora la más elemental de las leyes: la Ley Natural.

Deberíamos pensar más en los demás, no enrolarnos en nosotros mismos, yo creo, yo pienso, etc. porque lo importante, a la larga, es la familia y respetar el honor y la dignidad del otro.

Actuar como si fuésemos dioses, desafiando tanto lo humano como lo divino, sin más razones que el me gusta o el capricho tal vez interesado, a la hora de legislar, no es serio. Es un arma peligrosa.

Las mayorías parlamentarias pueden hacer el bien o dar lugar a males irreparables. De ahí que, ni Derecho sin Justicia, ni Justicia sin Derecho.

Antonio de Pedro Marquina

Zaragoza, España

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