Siglo Nuevo
Daniela Ramírez Cervantes
vie 28 dic 2018, 9:46am 1 de 1

Fogwill y su aspiración a mentir con la verdad

Foto: Diego Sandstede

Creó un personaje de sí mismo del que no pudo escapar
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En seis días la mente drogada de este escritor “parió” a Los pichiciegos, producto literario que lo catapultó.

Simplemente Fogwill, un hombre delgaducho de ojos aceitunados, deslizó sus dedos en un teclado para escribir Los pichiciegos, novela ambientada en la guerra de Malvinas, escrita durante 1982. Antes de que salieran a la luz los detalles más ominosos de esa trama político-militar, el manuscrito circuló entre intelectuales y escritores.

Rodolfo Enrique Fogwill, quien suprimió sus nombres en la portada de su séptimo libro para ser solo Fogwill, ofreció en la novela antes mencionada escenarios predictivos que entre ficción y literatura ofrecían al lector posar su mirada ante relatos que reflejaban una cruda realidad.

En seis días la mente drogada de este escritor “parió” a Los pichiciegos, producto literario que lo catapultó. La materia prima para su sólida conclusión fueron sus habilidades narrativas por supuesto y 12 gramos de cocaína.

No era un secreto que escribiera en ese estado. El cronista argentino Federico Bianchini dejó entre ver destellos de la personalidad de este escritor, en su texto titulado: Fogwill: El hombre que nada, con el cual ganó el premio de periodismo Las Nuevas Plumas, en 2010.

Bianchini se cruzó con Rodolfo mientras nadaba en un club de Buenos Aires. En ese escenario de agua, el escritor argentino hablaba solo, Federico mantuvo su mirada sobre él, mientras pensaba que su rostro le era muy familiar. Pasaron unos minutos cuando se enteró que ese hombre de cejas despeinadas, bigote pronunciado y cabello grisaseo, era Fogwill, y por eso hablaba solo.

“En ese estado, Fogwill escribía. Tiene textos, relatos, pedazos de novelas redactados bajo los efectos de la droga que, me dice, son más o menos iguales a los que producía sobrio. “Lo que pasa es que con la cocaína yo podía estar 48 horas sin dormir. Durante ese tiempo uno conserva la memoria del espacio en el que está concentrado y no le importa absolutamente nada.” Fogwill se refiere a permanecer a salvo de los peligros de afuera, como el teléfono y lo demás. Y a esa acumulación de concentración que, según él, puede ser muy útil, aunque a veces también puede llevarlo a uno a perder el sentido crítico”, describe Federico Bianchini en su texto.

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Así, Rodolfo Enrique Fogwill se sirvió de las bondades explosivas que se desprenden del polvo blanco para deslizar el lápiz montar escenarios, situaciones y crear personajes.

EL PERSONAJE

Durante su vida Fogwill se dedicó a crear un personaje de sí mismo, que dejaba ver en cada entrevista que concedió a varios medios de comunicación. En Canal Encuentro, primer canal de televisión creado por el Ministerio de Educación de la República Argentina describen a Fogwill como pendenciero y ególatra con un sentido del humor ácido.

“Polemista, pelador, escritor maldito; eso y mucho más le cabe al personaje que entendió que para ser un agitador cultural, en una época que se cuece en industrias, además de ser agudo y escribir bien abría que armar quilombo”.

Por ello Fogwill es simplemente uno de los escritores argentinos más singulares y potentes de los últimos 30 años. Ese hombre cargado de un intelecto imponente, decía que escribía para sentirse más dueño de sus actos que si sólo leyera u obedeciera a los estímulos del mundo.

Nació en 1941, no tardó mucho en hacer conexión con la lectura y escritura, al lustro de vida comenzaba a escribir algo por aquí y algo por allá, esbozos de un escritor se iban dibujando.

Él mismo relató, que a los 8 años le escribió un poema A Nuestra Señora de Fátima en la Entronización de Su Imagen Divina en la Iglesia de la Inmaculada Concepción de Quilmes. Ahí se marcó su destino en las letras.

A los 16 años se inclina por la medicina, pero a los 23 ya es sociólogo y catedrático de una universidad. Como empresario de publicidad y marketing ganó fortunas y algunos excesos.

/media/top5/Fogwill02.jpg Foto: Mediateca Fogwill

El periodista Patricio Zununi, lo describió como un tipo raro “muy vitalista. La vitalidad de Fogwill se ve en su persona y se ve en sus libros. Sus personajes hacen cosas, piensan, disfrutan, sienten placer; Fogwill estoy seguro que era un tipo así”.

El 'loco Fogwil' como era conocido contaba con una personalidad arrolladora, que pintaba de colores cualquier lugar donde se plantara. Y Escribía, siempre escribía, aquí y allá.

EL NUDO

A los 38 años hace su ingreso a la literatura argentina, en ese tiempo gana el premio Coca Cola con su material Mis muertos Punk, además de dinero, el reconocimiento era la publicación del libro.

Dentro del compendio descansa Muchacha Punk, cuento escrito en la cubierta de su barco.

“En diciembre de 1978 hice el amor con una muchacha punk. Decir “hice el amor” es un decir, porque el amor ya estaba hecho antes de mi llegada a Londres y aquello que ella y yo hicimos, ese montón de cosas que “hicimos” ella y yo, no eran el amor y ni siquiera –me atrevería hoy a demostrarlo–, eran un amor: eran eso y sólo eso eran. Lo que interesa en esta historia es que la muchacha punk y yo nos “acostamos juntos”, así comienza el retato.

En 1999 la editorial Alfaguara hizo una encuesta entre escritores y críticos que tuvieron que elegir cuál era, en su opinión, el mejor cuento argentino del siglo XX. El cuento Muchacha Punk, de Rodolfo Fogwill, quedó en la decimosegunda posición.

La prosa contundente y pos moderna de este peculiar argentino, lo hizo sobresalir y ser considerado uno de los tres escritores más importantes en Argentina, junto a César Aira y Ricardo Pigilia; esto después de que en los ochenta murieran: Jorge Luis Borges y Julio Cortazar.

DESENLACE

En los ochenta decide suprimir su Rodolfo y Enrique, y con solo su apellido como marca publica unos de sus mejores cuentos de la década.

/media/top5/Fogwill03.jpg Foto: Diego Sandstede

“El sabía la musicalidad de su apellido. El capital simbólico de un apellido inglés. Me suena a que Fogwill usaba su apellido y su figura como marca”, declaró el periodista Patricio Zununi.

Por su parte el cronista Federico Bianchini, escribe en su texto sobre este autor: “En la Argentina, si uno habla de literatura, dice “Fogwill” sin antecederlo por Rodolfo Enrique. Casi nadie recuerda su nombre de pila. De algún modo, él promovió este olvido a los 44 años, días antes de publicar su séptimo libro, Pájaros de la cabeza, cuando vio la futura tapa y decidió, por una cuestión estética, de diseño gráfico, truncar su firma. Desde entonces fue solo Fogwill. Para ello, este escritor y publicista creó un personaje del que pocas veces quiso escapar. Un personaje procaz, sincero, hipersexual, polémico. Egocéntrico, aunque a veces perdedor. Despiadado pero tierno en ocasiones”.

Aparte de escribir novela y cuento, Fogwill disfrutó de las curvas pronunciadas de la poesía, genero que siempre lo sedujo y amó. En cada oportunidad disfrutaba de repasar sus versos en voz alta, claro primero se fumaba un cigarrillo.

En uno de los fragmentos del poema Llamado por los malos poetas reza:

Se necesitan poetas gay,

poetas lesbianas,

poetas consagrados a la cuestión del género,

poetas que canten al hambre, al hombre,

al nombre de su barrio, al arte y a la industria,

a la estabilidad de las instituciones,

a la mancha de ozono,

al agujero de la revolución,

al tajo agrio de las mujeres,

al latido inaudible del pentium y a la guerra

entendida como continuidad de la política,

del comercio, del ocio de escribir.

El 21 de agosto de 2010, Fogwill falleció a causa de un enfisema pulmonar. Fue el último día de Fogwill en la tierra, un enfisema pulmonar le puso punto final a su existencia, pero su genio, vitalidad y energía siguen explotando cada vez que alguien abre uno de sus libros.

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